“No tengo suerte” | ¿Está justificado decir esto hoy en día?

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No tengo suerte


Estamos acostumbrados a oír e incluso decir esta coletilla cuando jugamos a algún juego de azar en el que hay premios económicos y no ganamos, aunque también es frecuente utilizarla en otros aspectos de la vida.

Hoy he leído en un mismo periódico noticias que estaban a miles de años luz de distancia la una de la otra, en cuanto a suerte se refiere. Mientras en una aparecía gente brindando con champán porque les había tocado la lotería, en otra se ofrecían detalles escalofriantes de cómo millones de niños están en grave riesgo tras el paso del tifón Yolanda, que el 8 de noviembre causó el desastre en Filipinas.

No pretendo utilizar el argumento fácil, creo que es lícito jugar a la lotería y querer conseguir una tranquilidad económica, al menos, en un primer mundo, donde comer, vestir y otras necesidades básicas está cubiertas para una gran mayoría. Pero, personalmente, desde ya hace mucho tiempo, cuando oigo a alguien decir eso de ‘no tengo suerte’, procuro saber a qué se refiere antes de consolarle, porque para mi la suerte no es blanca o negra, sino que está llena de matices.

Si, lo sé, todos solemos consolarnos con el hecho de que otros están peor cuando vemos que nuestras esperanzas en ser tocados con la barita mágica de la suerte del dinero se desvanece; como dicen algunos: “virgencita, virgencita, que me quede como estoy”.

Sabiendo lo acuciante que está siendo la crisis económica, he de ser sincero y reconocer que me ha dado mucha alegría ver a la gente celebrar que iban a poder respirar gracias a la lotería, otros incluso dejarán de tener problemas económicos para toda la vida, siempre que no sean unos pésimos administradores.

También es cierto que, pensando en esos niños filipinos hambrientos, huérfanos y con un futuro inmediato imprevisible, he confirmado que acordarse de los más desfavorecidos para no sentirnos desafortunados no es un recurso manido, ni un tópico ni algo que debemos de dejar de hacer, porque sencillamente, es la pura y triste realidad.

Que todos estaríamos más tranquilos sin pensar en la cuestión económica es indiscutible pero, que debemos sentirnos afortunados de que nuestras preocupaciones no estén relacionadas con el hecho de no tener algo que echarnos a la boca, eso, no tiene precio.

Como decía José Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”, lo que justifica que cada uno de nosotros tengamos preocupaciones y ambiciones que giran en torno a nuestra vida, pero eso no significa que cerremos los ojos o que miremos para otro lado; no se trata de sentirnos afortunados porque otros están peor, sino de darle más valor a lo que tenemos y medir un poco más cuando decimos eso de “no tengo suerte”, porque todo es relativo, incluida la suerte.

Para cerrar este artículo, permíteme dejar a continuación un enlace a la web de Unicef, donde se puede ayudar, precisa y paradójicamente con dinero, a los niños afectados por el tifón de Filipinas:
http://www.unicef.es/emergencia-tifon-filipinas/donar?gclid=CPrplvTCx7sCFTDMtAodTyEAxQ

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